lunes, 30 de agosto de 2010

La Porteña (Poesía ferroviaria)


Hace 153 años, un día como hoy -30 de agosto- se inauguró el primer ferrocarril en Argentina.


El viaje inaugural lo realizó una locomotora a vapor llamada "La Porteña", que había sido traída de Gran Bretaña.



En homenaje a aquella primera máquina que surcara los rieles argentinos, transcribimos -en esta entrada- una poesía que fuera escrita -dedicada a esa locomotora- en Luján en el año 1954 por el Sr. Ernesto Mario Barreda.



La Porteña



Soy de todas la más pequeña

y si hoy descanso, silenciosa,

fue mi orgullo ser "La Porteña",

cual una linda muchacha ribereña,

que fuera luciendo su facha

tan garboza como trigueña,

con su andar, ya pausado, ya de prisa,

que si pasa ni se siente cuando pisa.


¡Oh, muchos años he rodado!

(que también de fuerte presumo)

y en la historia del intrépido pasado,

mi corazón, en fuego, volaba en alas de humo.

Y si yo no lucía el farol,

que ya hoy no le falta a ninguna,

salía de día a correr al sol

y de noche salía cuando había luna…


Con mi ligero troque traque,

iba rítmica igual que un trino,

Y nunca atropellé a un vecino,

aunque no tenía miriñaque.

Pero luego, con el rastrillo

que me pusieron adelante,

si se cruzaba al paso algún potrillo

me divertía jugando al volante.

Y avanzaba por el campo verde,

con el progreso que me trajo,

hasta donde la vista se pierde,

en mi voluntad de trabajo.

Y si el arado iba conmigo,

al surco fecundaba el grano.

Y era mi gusto ver en el verano

las espigas maduras del trigo.


El sudar, el silbar, el soplar,

serenita sobre mi riel.

Y el campo como quieto mar

que surcara un terrestre bajel.

La sirena lanzaba su grito,

el pistón resollaba su voz.

Y arrastrando mi vagoncito,

salía, gallarda y veloz,

desde el Parque hacia el Caballito.


Después me puse a correr millas,

con mi convoy de un coche solo,

que inauguraron -fausta escena-

don Dalmacio con su melena,

don Matías con sus patillas,

y con su barba don Bartolo.


Y tan orgullosa y ufana,

crecía en rieles a mi paso,

desde el bregar por la mañana

hasta el descanso en el ocaso.

¡Y siga, cueste lo que cueste!

Ardía toda en carbón o leña.

Yo era la audaz y "La Porteña"

corriendo en triunfo hacia el oeste,

sobre el campo verde y sonoro

donde mugía, gordo, el toro

y la oveja daba su lana,

y la esperanza su mañana

con las mieses de oro, de oro, de oro…

¡Fecundidad en la riqueza!

¿A quién no exalta la cabeza

la ilusión que se vuelve un hecho,

y le incendia en chispas el pecho?


¡Ah. tiempos! ¡Qué mañanitas

de sol, de campo y de viento!

Bajo "el ombú corpulento",

cercado en tunas y pitas,

el rancho con su tambera,

que salía, matinal,

a ordeñar a la lechera,

en su clara pollera de percal.


Llegué a Morón, en viaje diario,

(recuerdo que no se me borra)

con mi tarifa y con mi horario

sople que sople, corra que corra.

Sonaba la briosa canción

en mi corazón satisfecho,

y con ese fuego del pecho

iba ensanchando la nación.


Un día. lejos, ya por fin

alcancé a columbrar los Andes.

La pampa sería un jardín

para sueños de los más grandes.

Y mi dicha se vió completa

la mañana que llegué a ver

yendo al campo con su mujer,

con su pipa y con su carreta,

aquellos colonos de ayer…


Colores. luces, gritos

de júbilo, canten las horas

como cantan los pajaritos.

Ya dí toda mi juventud.

Que celebren nuevas auroras

desde la mar hacia el oeste,

bajo el cielo blanco y celeste,

a nuestra gran patria del sud.


Y llegó la locomotiva

gigante, con tantos vagones

como si arrastrara poblaciones.

Y yo grité ¡bravo!, ¡viva!,

hay que llegar hasta el final

sembrando los frutos del bien,

sembrando los frutos del bien,

¡y aplastando al diablo del mal

bajo las mil ruedas del tren!


Y ese día, sin una falla,

con mi suerte que se cumplía,

callé el pistón, apagué la hornalla,

y me retiré de la vía,

con humilde y confortada pena,

cual una máquina dócil y buena

que canta si corre, que calla si frena.


No me duele que hoy no se sienta

mi silbato, ¡si ya no grita!

ni las campanas salidas me dan.

Yo siempre estoy, lista y contenta,

saludando al que me visita,

en mi sala del Museo de Luján.



FUENTE: Esta poesía fue publicada por el diario "La Prensa", de la Ciudad de Buenos Aires, el 27 de junio de 1954.

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